Palacio Torremuzza en la Kalsa
Era abril de 1787. Inundada de luz y de aromas mediterráneos, Palermo apareció a los ojos de Goethe como una visión de armonía primordial. Tras el largo viaje desde Nápoles y la travesía marítima, el poeta descubrió en la ciudad siciliana no sólo el encanto de la naturaleza, sino una antigua civilización que aún respiraba en sus monumentos y en sus gentes.

Uno de los personajes que más le impresionaron durante su estancia fue el príncipe Gabriele Lancillotto Castello di Torremuzza: aristócrata de exquisita cultura, numismático, arqueólogo y hombre de letras, máxima expresión de aquella nobleza palermitana que, en la segunda mitad del siglo XVIII, supo combinar esplendor de vida y pasión por el saber. Goethe anotó en su diario, el 12 de abril de 1787, una visita que se le quedó grabada:
«Hoy nos han enseñado el gabinete de medallas del príncipe de Torremuzza. En cierto modo fui a regañadientes: entiendo poco de esta rama…. Pero pronto cambié de opinión. ¡Cuánta belleza, cuánta historia se revela en esas pequeñas monedas que el tiempo ha escatimado! Las ciudades más humildes de la antigüedad, desaparecidas hace siglos, aún nos hablan a través de esas marcas de bronce y plata, testigos mudos de un mundo que fue.»
El príncipe le recibió en su palacio de Via Torremuzza, en la Kalsa, un edificio armonioso y austero con vistas al mar, no lejos de Villa Giulia y del naciente Jardín Botánico.
Era una vivienda que parecía reflejar el espíritu de su amo: neoclásica, ordenada, pero llena de vida y luz. Las habitaciones -la «amarilla», la «verde», la «azul»- estaban adornadas con frescos mitológicos, y las mesas llenas de monedas, inscripciones y objetos sicilianos formaban un museo privado ante litteram.

El príncipe de Torremuzza no era un mero coleccionista: era un erudito apasionado, autor de estudios como el Siciliae veteres nummi, en el que devolvió la dignidad científica a las antiguas civilizaciones de la isla. Noble de sangre, pero aún más noble de espíritu, encarnaba un tipo de hombre que Goethe, llegado de la fría Alemania, admiraba como símbolo de un Mediterráneo culto y luminoso.
Goethe, que se había acercado a las monedas con una sensación de desapego, salió transformado: «Obtuve mucho placer y beneficio de ellas», escribió.

Aquella experiencia aparentemente marginal encendió en él una profunda reflexión. En las pequeñas imágenes de las monedas reconoció el ritmo mismo de la naturaleza y de la historia, la metamorfosis de las formas que más tarde desarrollaría en su teoría de Urpflanze. Se dio cuenta de que Sicilia no era sólo una tierra de luz y color, sino un archivo vivo de la civilización, donde el arte y la ciencia se funden en una misma aspiración a la armonía.
Así, en la Palermo del siglo XVIII, entre el mar y los jardines de Villa Giulia, Goethe encontró un interlocutor que encarnaba el alma más elevada de la isla. El príncipe de Torremuzza representaba a aquella nobleza palermitana que, a pesar del esplendor y los palacios, no había olvidado el valor del estudio, la devoción por el saber, la pasión por la belleza y la memoria del pasado.
Al abandonar el palacio, Goethe se volvió hacia el mar y pensó que en aquella tierra todo parecía nacer dos veces: la naturaleza, que florecía eternamente, y el hombre, que se encontraba a sí mismo en el conocimiento. Palermo se le apareció entonces no como una simple etapa del viaje, sino como una revelación: «Sin Sicilia no se puede comprender Italia; aquí está la clave de todo.»
El palacio de los Príncipes de Torremuzza está a sólo unos pasos de la Goethehaus (ver mapa por satélite).


